Resulta cuando menos sarcástica y hasta patética esa supuestamente simpática exhibición del presidente Artur Mas jugando una partida de baloncesto en silla de ruedas junto con los minusválidos en el famoso Instituto Guttmann de Badalona, movido seguramente por motivos electoralistas, teniendo en cuenta que los que tienen certificado de minusvalía junto con sus familias que indirectamente lo están soportando, se cuentan por miles en Catalunya, por lo que resulta pastel electoral demasiado apetitoso como para dejar que el colectivo minusválido no lo vea en una foto así, que puede llamar y despertar a simpatías engañosas.
El llamado “tercer sector” (minusválidos y ancianos dependientes), así como los parados (ya aproximadamente unos 800,000 en Catalunya), son los dos eslabones más débiles de la sociedad, los más castigados por una crisis cuyas soluciones y responsabilidades competen exclusivamente a los políticos, que son los únicos que legislando y administrando bien pueden hacer posible la creación de empleo y con ello generar esa riqueza pública con la que ayudar mediante subvenciones a los más necesitados y afectados por la crisis. Los hechos demuestran que ni gobiernan bien, ni saben (o no quieren) tomar las medidas adecuadas. Pero la democracia les exige pasar por el aro de las elecciones, y claro, es en época de elecciones que hay que demostrar que se preocupa por quienes la experiencia nos demuestra que en otros momentos no electorales son solamente recordados para hacerles recortes, como ha ocurrido en el sector de la discapacidad y en el colectivo de los parados que han visto muy reducidos sus derechos en las prestaciones.
La cruda realidad es que muchas entidades del llamado tercer sector, dependientes de las subvenciones públicas que no llegan debidamente, han tenido que cerrar, o están en la cuerda floja con todo lo que supone de despedir a sus trabajadores, en especial los contratados y siendo los últimos en ser despedidos los fijos, muchas veces los más vagos e incompetentes, en entidades muy expuestas al enchufismo, como todas las que dependen de subvenciones públicas y no entrando en el juego de la libre oferta y demanda en la que el buen o mal servicio al mercado es lo que determina el beneficio o la pérdida, con todo lo que supone de deterioro de la calidad del servicio para los más necesitados, sean atenciones en residencias o centros de día que gestionan dichas entidades, o atenciones a domicilio, por citar dos ejemplos. Y por no decir en lo que quedan afectadas las subvenciones destinadas a pensiones de dependencia, las prótesis, el arreglo de barreras arquitectónicas, los vehículos adaptados, las ayudas a centros de trabajo para minusválidos, etc… Y de todo ese malestar que afecta al mundo del minusválido, la culpabilidad sólo puede ser política, ya que en tiempos de crisis es cuando menos existe la solidaridad ciudadana, que de hecho en la práctica nunca existió dicha “solidaridad ciudadana”, teniendo que depender las entidades del tercer sector prácticamente de la solidaridad de las administraciones públicas con el dinero cada vez más escaso de los contribuyentes, y de supuestas “obras sociales” de cajas de ahorros y demás empresas que prácticamente ya no existen o que la crisis les ha obligado a cerrar el grifo de la solidaridad.
Ese gesto de Artur Mas, no puede ser más de lamentablemente hipócrita y de mal ejemplo, por muchos palmeros que le salgan, y que seguramente va dirigido para dar buena imagen hacia aquellos minusválidos y demás empleados del tercer sector (muchos de los cuales sin tener siquiera minusvalía, y además sin que falten los extranjeros que siguen colocados en esos puestos financiados con dinero público) que todavía conservan el puesto de trabajo o la subvención que les ha procurado la administración catalana. ¡De vergüenza y de falta de patriotismo, por mucho que se llene la boca de independencia!.
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